Casi todos llaman traidor a Judas.
Casi nadie se atreve a mirarse en el espejo que él nos deja.
Lo conocemos por un solo acto.
Un beso.
Treinta monedas.
Y con eso creemos que ya entendimos todo.
Pero no.
Judas no empezó traicionando.
Empezó siguiendo.
Caminó con Jesús.
Comió con Él.
Escuchó sus parábolas de cerca.
Vio milagros que otros solo oyeron contar.
Judas no estaba lejos del Maestro.
Estaba demasiado cerca…
y aun así, por dentro, estaba perdiéndose.