2/11/2026

Traición de Judas




Casi todos llaman traidor a Judas.
Casi nadie se atreve a mirarse en el espejo que él nos deja.

Lo conocemos por un solo acto.
Un beso.
Treinta monedas.
Y con eso creemos que ya entendimos todo.

Pero no.

Judas no empezó traicionando.
Empezó siguiendo.
Caminó con Jesús.
Comió con Él.
Escuchó sus parábolas de cerca.
Vio milagros que otros solo oyeron contar.

Judas no estaba lejos del Maestro.
Estaba demasiado cerca…
y aun así, por dentro, estaba perdiéndose.

Porque el problema de Judas no fue que no creyera en Jesús.
El problema fue que Jesús no encajó en lo que Judas esperaba.

Él quería un Mesías que resolviera las cosas rápido.
Que corrigiera al sistema.
Que tomara poder.
Que hiciera justicia a su manera.

Y cuando Jesús eligió el camino del silencio,
del servicio,
de la cruz…
algo se quebró por dentro.

Aquí está lo incómodo.

Judas no vendió a Jesús solo por dinero.
Vendió la decepción.
Vendió la frustración.
Vendió la distancia entre lo que soñó
y lo que Dios estaba haciendo.

Y eso nos incluye.

Somos Judas cuando seguimos a Dios,
pero en el fondo queremos controlarlo.
Cuando oramos,
pero si Dios no responde como esperamos,
empezamos a enfriarnos.

Cuando decimos “confío”,
pero solo mientras Él haga lo que yo creo correcto.

Judas no se fue de golpe.
Se fue por dentro primero.

Se quedó sentado en la mesa…
pero ya no estaba presente.
Seguía oyendo la voz de Jesús…
pero ya no la entendía.

Y luego vino el beso.

El beso no fue solo traición.
Fue contradicción.
Fue acercarse por fuera
mientras el corazón ya estaba lejos.

Hay besos que parecen amor
pero nacen del conflicto interno.

Y aquí viene lo más doloroso.

Cuando Judas se dio cuenta de lo que había hecho,
no huyó de Dios…
huyó de la gracia.

Sintió culpa,
pero no se permitió el perdón.
Reconoció el error,
pero no creyó que todavía había lugar para él.

Eso también somos nosotros.

Cuando fallamos y pensamos:
“Esto ya no tiene arreglo.”
“Dios perdona a otros… pero a mí no.”
“Ya crucé una línea.”

Judas no murió porque Dios lo rechazó.
Murió por creer que su error era más grande que la misericordia.

Pedro negó.
Judas traicionó.
La diferencia no fue el pecado.
Fue lo que hicieron después.

Uno lloró y volvió.
El otro lloró…
pero se aisló.

Y eso parte el alma.

Porque hay personas hoy
que aman a Dios,
pero viven castigándose.
Siguen viniendo.
Siguen sirviendo.
Siguen sonriendo.

Pero por dentro cargan treinta monedas invisibles:
– culpas no perdonadas
– errores que no se sueltan
– decisiones que los persiguen
– un “si hubiera…” que no los deja vivir

No están lejos de Jesús.
Están atrapados en su vergüenza.

Judas no es solo un traidor del pasado.
Es el retrato del creyente que no cree que aún puede ser amado.

Tal vez hoy no necesitamos señalarlo.
Tal vez necesitamos reconocernos en él…
y llorar.

Llorar porque todos hemos querido controlar a Dios alguna vez.
Porque todos nos hemos decepcionado cuando Él no actuó como esperábamos.
Porque todos hemos fallado…
y luego dudado si todavía había gracia para nosotros.

Jesús lavó los pies de Judas
sabiendo lo que iba a hacer.

Eso lo cambia todo.

Nunca dejó de amarlo.
Nunca le quitó el lugar en la mesa.
Nunca lo expulsó.

El último gesto de Jesús hacia Judas
no fue juicio.
Fue amor.

Y tal vez hoy Dios nos está diciendo lo mismo,
no con reproche,
sino con ternura:

“No te vayas.
No cargues esto solo.
No creas que tu error te define.
Vuelve.”

Porque la traición más peligrosa
no es fallarle a Dios…
es creer que ya no podemos volver a Él.

Y quizá hoy,
con el corazón quebrado,
con lágrimas contenidas,
solo necesitamos hacer una cosa:

Soltar las monedas.
Levantar la mirada.
Y creer,
aunque cueste,
que todavía hay lugar en la mesa.

Porque Jesús no perdió a Judas por la traición.
Lo perdió por la desesperanza.

Y Dios no quiere perderte a ti.

No por lo que hiciste.
Sino porque dejaste de creer
que aún eras amado.